EL JOVEN QUE SUBI脫 AL CIELO
Hab铆a una vez un matrimonio que ten铆a un solo hijo. El hombre sembr贸 la m谩s hermosa papa en una tierra que estaba lejos de la casa que habitaban. En esas tierras la papa crec铆a lozana. S贸lo 茅l pose铆a esa excelsa clase de semilla. Empero, todas las noches los ladrones arrancaban las matas de este sembrado, robaban los hermosos frutos. Entonces el padre y la madre llamaron a su joven hijo, y le dijeron:
—No es posible que teniendo un hijo joven y fuerte como t煤, los ladrones se lleven todas nuestras papas. Anda a vigilar nuestro campo. Duerme junto a la chacra y ataja a los ladrones.
El joven march贸 a cuidar el sembrado.
Y transcurrieron tres noches. La primera, el joven la pas贸 despierto, mirando las papas, sin dormir. S贸lo al rayar la aurora lo venci贸 el sue帽o y se qued贸 dormido. Fue en ese
instante que los ladrones entraron a la chacra y escarbaron las papas. En vista de su fracaso, el mozo tuvo que ir a la casa de sus padres a contarles lo sucedido. Al o铆r el relato, sus padres le contestaron:
—Por esta vez te perdonamos. Vuelve y vigila mejor.
Regres贸 el joven. Estuvo vigilando el sembrado con los ojos bien abiertos, hasta el amanecer. Y justo, a la media noche, pesta帽e贸 un instante. En ese instante los ladrones ingresaron al campo. Despert贸 el mozo y vigil贸 hasta la ma帽ana. No vio a ning煤n ladr贸n. Pero al amanecer tuvo que ir donde sus padres a darles cuenta del nuevo robo. Y les dijo:
—A pesar de que estuve vigilante toda la noche, los ladrones me burlaron tan s贸lo en el instante en que a la media noche cerr茅 los ojos.
Al o铆r este relato, los padres le contestaron:
—¿Aja? ¿Qui茅n ha de creer que robaron cuando t煤 estabas mirando? Habr谩s ido a buscar mujeres, te habr谩s ido a divertir.
Diciendo esto lo apalearon y lo insultaron largo rato. As铆, muy aporreado, al d铆a siguiente, lo enviaron nuevamente a la chacra.
—Ahora comprender谩s c贸mo queremos que vigiles —le dijeron.
El joven volvi贸 a la tarea. Desde el instante en que lleg贸 a la orilla del sembrado estuvo mirando el campo, inm贸vil y atento. Esa noche la luna era brillante. Hasta la alborada estuvo contemplando los contornos del papal; as铆, mientras ve铆a, le temblaron los ojos, y se adormil贸 unos instantes. En esa r谩faga de sue帽o que tuvo, mientras pesta帽eaba el mozo, una multitud de hermos铆simas j贸venes, princesas y ni帽as blancas, poblaron el sembrado. Sus rostros eran como flores, sus cabellos brillaban como el oro; eran mujeres vestidas de plata. Todas juntas, muy de prisa, se dedicaron a escarbar las papas. Tomando la apariencia de princesas, eran las estrellas que bajaron del alt铆simo cielo.
El joven despert贸 entonces, y al contemplar la chacra exclam贸:
— ¡Ohl ¿De qu茅 manera podr铆a yo apoderarme de tan bell铆simas ni帽as? ¿Y, c贸mo es posible que siendo tan hermosas y radiantes puedan dedicarse a tan bajo menester?
Pero, mientras; esto dec铆a, su coraz贸n casi estallaba de amor. Y pens贸 para s铆: —¿No podr铆a, por ventura, reservar para m铆 siquiera una parejita de esas beldades?.
Y salt贸 a todo vuelo sobre las hermosas ladronas. S贸lo en el 煤ltimo instante, y a duras penas, pudo apresar a una de ellas. Las dem谩s se elevaron al cielo, como luces que se mueren.
Y a la estrella que pudo apresar le dijo, enojado:
—¿Con que 茅rais vosotras las que robabais los sembrados de mi padre? —Dici茅ndole esto, la llev贸 a la choza. Y no le dijo m谩s acerca del robo. Pero luego agreg贸: —¡Qu茅date con migo; ser谩s mi esposa!
La joven no acept贸. Estaba llena de temor; y rog贸 al muchacho:
—¡Su茅ltame, su茅ltame! ¡Ten piedad! Mira que mis hermanas le avisar谩n a mis padres. Yo te devolver茅 todas las papas que te hemos robado. No me obligues a vivir en la tierra.
El mozo no dio o铆dos a los ruegos de la hermosa ni帽a. La retuvo en sus manos. Pero decidi贸 no volver a la casa de sus padres. Se qued贸 con la estrella en la choza que hab铆a junto al sembrado.
Entretanto, Ios padres pensaban: “Le habr谩n vuelto a robar las papas a ese in煤til; no pueden haber otros motivos para que no se presente aqu铆”.
Y como tardaba, la madre decidi贸 llevarle comida al campo, y averiguar de 茅l. Desde la choza, el muchaco y la ni帽a atisbaban el camino. En cuanto vieron a la madre, la joven dijo al mozo:
—De ninguna manera puedes mostrarme ni a tu padre ni a tu madre.
Entonces el joven corri贸 a dar alcance a su madre, y le grit贸 desde lejos: —¡No mam谩; no te acerques m谩s! ¡Esp茅rame atr谩s, atr谩s!
Y recibieron la comida en aquel lugar, tras la choza, llev贸 los alimentos a la princesa. La madre se volvi贸 apenas hubo entregado el fiambre. Cuando lleg贸 a su casa, cont贸 a su esposo:
—As铆 es como nuestro hijo ha aprisionado a una ladrona de papas que baj贸 de los cielos. Es as铆 como la cuida en la choza. Y con ella dice que se casar谩. No permite que nadie se aproxime a su choza.
Entretando, eI joven pretend铆a enga帽ar a la doncella. Y le dec铆a:
—Ahora que es de noche, vamos a mi casa.
Pero la princesa insist铆a:
—De ninguna manera deben verme tus padres, ni puedo encontrarme con ellos.
Sin embargo, el mozo la enga帽贸, dici茅ndole:
—Otra es mi casa.
Y durante la noche la llev贸 por el camino.
De este modo, sin que ella quisiera, la hizo entrar al hogar de sus mayores y la mostr贸 a sus padres. Los padres recibieron asombrados a esa criatura, de tal manera luminosa y bella que la palabra no es capaz de describirla. La cuidaron y criaron, teni茅ndola muy bien amada. Sin embargo, no la dejaban salir. Y nadie la conoci贸 ni vio.
Y ya hac铆a mucho tiempo que la princesa viv铆a con los padres del joven. Lleg贸 a estar encinta y dio a luz. Mas la criatura muri贸, sin saberse por qu茅, misteriosamente.
La ropa luminosa de la joven la guardaban encerrada. A ella la vest铆an de ropas comunes; y as铆 la criaban.
Cierto d铆a, el joven fue a trabajar lejos de la casa; y mientras estaba fuera, la ni帽a pudo salir, haciendo c贸mo que s贸lo iba por ah铆 cerca. Y se volvi贸 a los cielos.
El mozo llega a su casa. Pregunta por su mujer. No la encuentra. Y como ve que ella ha desaparecido, suelta el llanto.
Cuentan que vag贸 por los montes, llorando con locura, son谩mbulo, enajenado, caminando por todas partes. Y en una de las cimas solitarias a donde lleg贸 se encontr贸 con un C贸ndor divino. Entonces el C贸ndor le dijo:
—Joven, ¿por qu茅 causa lloras de esta suerte?
Y el mozo le cont贸 su vida.
—He aqu铆, se帽or, que era m铆a la mujer m谩s hermosa. Ahora no s茅 por qu茅 caminos ha partido. Estoy extraviado. Temo que haya huido a los cielos de donde vino.
Y cuando dijo esto, el C贸ndor respondi贸:
—No llores, joven. Es cierto; ella ha vuelto al alto cielo. Pero, si quisieras y es tanta tu desventura, yo te cargar茅 hasta ese mundo. S贸lo te pido que me traigas dos llamas. Una para devorarla aqu铆, la otra para el camino.
—Muy bien, se帽or —contest贸 el mozo—. Yo te traer茅 las dos llamas que me pides. Te ruego esperarme en este mismo sitio.
E inmediatamente se dirigi贸 a su casa en busca de las llamas. Luego que lleg贸, dijo a sus padres:
—Padre m铆o, madre m铆a: voy en busca de mi esposa. He encontrado a quien puede llevarme hasta el lugar donde ella se encuentra. S贸lo pide dos llamas en pago de tan gran favor: y voy a llev谩rselas ahora mismo.
Y carg贸 las dos llamas para el C贸ndor. El C贸ndor devor贸 inmediatamente una, hasta el hueso de los huesos, arrancando las carnes con su propio pico. A la otra la hizo degollar
con el joven, para comerla en el camino. E hizo que el mozo se echara la res degollada en las espaldas; luego le orden贸 que subiera sobre una roca; carg贸 al joven, y le hizo esta advertencia:
—Has de cerrar y apretar los p谩rpados; por ninguna causa abrir谩s los ojos. Y cada vez que yo te diga: “¡Carne!”, me pondr谩s en el pico un trozo de la llama.
Luego el Condor levant贸 el vuelo.
El hombre obedeci贸 y no abri贸 los ojos en ning煤n instante; ten铆a los p谩rpados cerrados y duros. “¡Carne!”, ped铆a el Mallku, y luego el mozo cortaba grandes trozos de llama y le met铆a en el pico. Pero en lo m谩s raudo del viaje, se acab贸 el fiambre. Antes de alzar el vuelo, el C贸ndor hab铆a advertido al joven: “Si cuando diga ¡Carne! no me pones carne en el pico, donde quiera que estemos, te soltar茅”. Ante ese temor, el mozo empez贸 a cortarse trozos de su pantorilla. Cada vez que el C贸ndor ped铆a carne, le serv铆a peque帽as raciones de su propia carne. As铆, a costa de su sangre, consigui贸 que el C贸ndor le hiciera llegar hasta el cielo. Y se cuenta que tardaron un a帽o en elevarse a tan gran altura.
Cuando llegaron, el C贸ndor descans贸 un rato; luego volvi贸 a cargar al joven y vol贸 hasta la orilla de un mar lejano. All铆 le dijo al mozo:
—Ahora, mi querido, b谩帽ate en este mar.
El joven se ba帽贸 en seguida. Y tambi茅n el C贸ndor se ba帽贸.
Ambos hab铆a llegado al cielo, sucios, negros de barba; viejos. Pero cuando salieron del ba帽o estaban hermosamente rejuvenecidos. Entonces le dijo el C贸ndor:
—En la otra orilla de este lago, frente a nosotros, hay un gran santuario. All铆 se ha de celebrar una ceremonia. Anda, y espera en la puerta de ese hermoso templo. A la ceremonia han de asistir las j贸venes del cielo; son una multitud, y todas tienen el mismo rostro que tu esposa. Cuando ellas est茅n desfilando junto a ti, no has de dirigirle la palabra a ninguna. Porque la que es tuya vendr谩 la 煤ltima, y te dar谩 un empuj贸n. Entonces la asir谩s y por ning煤n motivo la soltar谩s.
El joven obedeci贸 al C贸ndor. Lleg贸 a la puerta del gran recinto, y esper贸 de pie. Y lleg贸 una infinidad de j贸venes de id茅ntico rostro. Entraban, entraban; una tras de otra. Todas miraban impasibles al hombre. El no pod铆a reconocer entre tantas a la que era su mujer. Y cuando estaban ingresando las 煤ltimas, de pronto, una de ellas, le dio un empuj贸n con el brazo; y tambi茅n entr贸 al gran templo.
Era el resplandeciente templo del Sol y de la Luna. El Sol y la Luna, padre y madre de todas las estrellas y de todos los luceros. All铆, en ese templo, se reun铆an los seres celestiales,
all铆 iban los luceros para adorar al Sol, d铆a a d铆a. Cantaban melodiosamente para el Sol; cual j贸venes blancas, las estrellas; como innumerables princesas, los luceros.
Cuando termin贸 la ceremonia, las j贸venes empezaron a salir. El mozo segu铆a esperando en la puerta. Ellas volvieron a mirarle con igual indiferencia que antes. Y nuevamente le era imposible distinguir entre todas a la que era su esposa. Y como en la primera vez, de pronto, una de las princesas le dio un empuj贸n con el brazo, y luego pretendi贸 huir; pero 茅l entonces la pudo aprisionar. Y no la solt贸.
Ella lo gui贸 a su casa, dici茅ndole:
—¿A qu茅 has venido hasta aqu铆? Yo iba a volver donde ti, de todos modos.
Cuando llegaron a la casa, el mozo ten铆a el cuerpo fr铆o a causa del hambre. Vi茅ndolo as铆, ella le dijo:
—Toma este poco de quinua y coc铆nalo.
Le dio una cuchara escasa de quinua. Entretanto, el joven lo observaba todo, y vio de qu茅 lugar ella sacaba la quinua. Y cuando vio los pocos granos de quinua que ten铆a en las manos, dijo para s铆: “¡La miseria que me ha dado! ¿C贸mo es posible que esto aplaque mi hambre de todo un a帽o? Y la joven le dijo:
—Es necesario que vaya un instante donde mis padres. No debes mostrarte ante ellos. Mientras vuelvo, haz una sopa con la quinua que te he dado.
Apenas sali贸 ella, el joven se puso de pie, se dirigi贸 al dep贸sito y trajo una buena porci贸n de quinua y la ech贸 a la olla. De pronto, la sopa rebos贸, hirviente, y se desbord贸 a chorros. El comi贸 todo lo que pudo, se hart贸 hasta donde ya no era posible m谩s, y enterr贸 el resto. Pero aun de debajo de la tierra la quinua empez贸 a brotar. Y cuando estaba en ese trance, volvi贸 la princesa y le dijo:
— ¡No es de esta manera como se debe comer nuestra quinua! ¿Por qu茅 aumentaste la raci贸n que te dej茅?.
Y se dedic贸 a ayudar al mozo a esconder la quinua rebosada para que los padres de ella no lo descubrieran. Entretanto, le advirti贸:
—No deben verte mis padres. S贸lo puedo tenerte escondido. Y as铆 fue. El viv铆a escondido; y la hermosa estrella le llevaba alimentos hasta su refugio.
Durante un a帽o vivi贸 de esta suerte el mozo con su esposa. Y apenas cumplido el a帽o, ella se olvid贸 de llevarle alimentos. Un d铆a sali贸, dici茅ndole: “Ha llegado la hora en que debes irte”; y no volvi贸 a aparecer m谩s en la casa. Lo abandon贸.
Entonces, con el rostro lleno de l谩grimas, el joven se dirigi贸 nuevamente a la orilla del mar del cielo. Cuando lleg贸 all铆, vio que desde la lejan铆a surg铆a el C贸ndor. El joven corri贸 para darle alcance. El C贸ndor vol贸 hasta posarse junto a 茅l; y as铆 observ贸 que el Mallk煤 divino hab铆a envejecido. El C贸ndor, a su vez, vio que el mozo estaba avejentado y marchito. Cuando se encontraron, ambos gritaron al mismo tiempo:
—¿Qu茅 ha sido de ti?
El joven volvi贸 a contarle su vida, y se quej贸:
—As铆, Se帽or, de este modo triste, mi mujer me ha abandonado. Se ha ido para siempre.
El C贸ndor lament贸 la suerte del mozo.
—¿C贸mo es posible que haya procedido de este modo? ¡Pobre amigo! —le dijo. Y acerc谩ndose m谩s, lo acarici贸 con sus alas, dulcemente.
Como en el primer encuentro, le rog贸 el joven:
—Se帽or, pr茅stame tus alas. Vu茅lveme a la tierra, a la casa de mis padres. Y el C贸ndor le respondi贸:
—Bien. Te llevar茅. Pero antes nos ba帽aremos en este mar.
Y ambos se ba帽aron; y rejuvenecieron.
Y en saliendo del agua, el C贸ndor le dijo:
—Tendr谩s que volverme a dar dos llamas por mi trabajo de cargarte nuevamente. —Se帽or, cuando est茅 en mi casa te entregar茅 las dos llamas.
El C贸ndor acept贸; se ech贸 al joven sobre sus alas y emprendi贸 el vuelo. Durante un a帽o estuvieron volando hacia la tierra. Y cuando llegaron, el mozo cumpli贸, y entreg贸 al C贸ndor dos llamas.
El mozo entr贸 a su casa y encontr贸 a sus padres muy viejos, muy viejos, cubiertos de l谩grimas y de pena. El C贸ndor dijo a los ancianos:
—He aqu铆 que les devuelvo a vuestro hijo, sano y salvo. Ahora deb茅is criarlo cari帽osamente.
El joven dijo a sus padres:
—Padre m铆o, madre m铆a: ahora ya no es posible que pueda amar a ninguna otra mujer. Ya no es posible encontrar una mujer como la que fue m铆a. As铆, s贸lo, vivir茅, hasta que venga la muerte.
Y los ancianos le contestaron:
—Esta bien. Como t煤 quieras, hijo m铆o, s贸lo, te criaremos, si no es tu voluntad tomar otra esposa.
Y de este modo vivi贸, con una gran agon铆a en el coraz贸n.
He aqu铆 este coraz贸n que am贸 tanto a una mujer. He vagado sufriendo todos los dolores. Y he de entregarme ahora al llanto.
—No es posible que teniendo un hijo joven y fuerte como t煤, los ladrones se lleven todas nuestras papas. Anda a vigilar nuestro campo. Duerme junto a la chacra y ataja a los ladrones.
El joven march贸 a cuidar el sembrado.
Y transcurrieron tres noches. La primera, el joven la pas贸 despierto, mirando las papas, sin dormir. S贸lo al rayar la aurora lo venci贸 el sue帽o y se qued贸 dormido. Fue en ese
instante que los ladrones entraron a la chacra y escarbaron las papas. En vista de su fracaso, el mozo tuvo que ir a la casa de sus padres a contarles lo sucedido. Al o铆r el relato, sus padres le contestaron:
—Por esta vez te perdonamos. Vuelve y vigila mejor.
Regres贸 el joven. Estuvo vigilando el sembrado con los ojos bien abiertos, hasta el amanecer. Y justo, a la media noche, pesta帽e贸 un instante. En ese instante los ladrones ingresaron al campo. Despert贸 el mozo y vigil贸 hasta la ma帽ana. No vio a ning煤n ladr贸n. Pero al amanecer tuvo que ir donde sus padres a darles cuenta del nuevo robo. Y les dijo:
—A pesar de que estuve vigilante toda la noche, los ladrones me burlaron tan s贸lo en el instante en que a la media noche cerr茅 los ojos.
Al o铆r este relato, los padres le contestaron:
—¿Aja? ¿Qui茅n ha de creer que robaron cuando t煤 estabas mirando? Habr谩s ido a buscar mujeres, te habr谩s ido a divertir.
Diciendo esto lo apalearon y lo insultaron largo rato. As铆, muy aporreado, al d铆a siguiente, lo enviaron nuevamente a la chacra.
—Ahora comprender谩s c贸mo queremos que vigiles —le dijeron.
El joven volvi贸 a la tarea. Desde el instante en que lleg贸 a la orilla del sembrado estuvo mirando el campo, inm贸vil y atento. Esa noche la luna era brillante. Hasta la alborada estuvo contemplando los contornos del papal; as铆, mientras ve铆a, le temblaron los ojos, y se adormil贸 unos instantes. En esa r谩faga de sue帽o que tuvo, mientras pesta帽eaba el mozo, una multitud de hermos铆simas j贸venes, princesas y ni帽as blancas, poblaron el sembrado. Sus rostros eran como flores, sus cabellos brillaban como el oro; eran mujeres vestidas de plata. Todas juntas, muy de prisa, se dedicaron a escarbar las papas. Tomando la apariencia de princesas, eran las estrellas que bajaron del alt铆simo cielo.
El joven despert贸 entonces, y al contemplar la chacra exclam贸:
— ¡Ohl ¿De qu茅 manera podr铆a yo apoderarme de tan bell铆simas ni帽as? ¿Y, c贸mo es posible que siendo tan hermosas y radiantes puedan dedicarse a tan bajo menester?
Pero, mientras; esto dec铆a, su coraz贸n casi estallaba de amor. Y pens贸 para s铆: —¿No podr铆a, por ventura, reservar para m铆 siquiera una parejita de esas beldades?.
Y salt贸 a todo vuelo sobre las hermosas ladronas. S贸lo en el 煤ltimo instante, y a duras penas, pudo apresar a una de ellas. Las dem谩s se elevaron al cielo, como luces que se mueren.
Y a la estrella que pudo apresar le dijo, enojado:
—¿Con que 茅rais vosotras las que robabais los sembrados de mi padre? —Dici茅ndole esto, la llev贸 a la choza. Y no le dijo m谩s acerca del robo. Pero luego agreg贸: —¡Qu茅date con migo; ser谩s mi esposa!
La joven no acept贸. Estaba llena de temor; y rog贸 al muchacho:
—¡Su茅ltame, su茅ltame! ¡Ten piedad! Mira que mis hermanas le avisar谩n a mis padres. Yo te devolver茅 todas las papas que te hemos robado. No me obligues a vivir en la tierra.
El mozo no dio o铆dos a los ruegos de la hermosa ni帽a. La retuvo en sus manos. Pero decidi贸 no volver a la casa de sus padres. Se qued贸 con la estrella en la choza que hab铆a junto al sembrado.
Entretanto, Ios padres pensaban: “Le habr谩n vuelto a robar las papas a ese in煤til; no pueden haber otros motivos para que no se presente aqu铆”.
Y como tardaba, la madre decidi贸 llevarle comida al campo, y averiguar de 茅l. Desde la choza, el muchaco y la ni帽a atisbaban el camino. En cuanto vieron a la madre, la joven dijo al mozo:
—De ninguna manera puedes mostrarme ni a tu padre ni a tu madre.
Entonces el joven corri贸 a dar alcance a su madre, y le grit贸 desde lejos: —¡No mam谩; no te acerques m谩s! ¡Esp茅rame atr谩s, atr谩s!
Y recibieron la comida en aquel lugar, tras la choza, llev贸 los alimentos a la princesa. La madre se volvi贸 apenas hubo entregado el fiambre. Cuando lleg贸 a su casa, cont贸 a su esposo:
—As铆 es como nuestro hijo ha aprisionado a una ladrona de papas que baj贸 de los cielos. Es as铆 como la cuida en la choza. Y con ella dice que se casar谩. No permite que nadie se aproxime a su choza.
Entretando, eI joven pretend铆a enga帽ar a la doncella. Y le dec铆a:
—Ahora que es de noche, vamos a mi casa.
Pero la princesa insist铆a:
—De ninguna manera deben verme tus padres, ni puedo encontrarme con ellos.
Sin embargo, el mozo la enga帽贸, dici茅ndole:
—Otra es mi casa.
Y durante la noche la llev贸 por el camino.
De este modo, sin que ella quisiera, la hizo entrar al hogar de sus mayores y la mostr贸 a sus padres. Los padres recibieron asombrados a esa criatura, de tal manera luminosa y bella que la palabra no es capaz de describirla. La cuidaron y criaron, teni茅ndola muy bien amada. Sin embargo, no la dejaban salir. Y nadie la conoci贸 ni vio.
Y ya hac铆a mucho tiempo que la princesa viv铆a con los padres del joven. Lleg贸 a estar encinta y dio a luz. Mas la criatura muri贸, sin saberse por qu茅, misteriosamente.
La ropa luminosa de la joven la guardaban encerrada. A ella la vest铆an de ropas comunes; y as铆 la criaban.
Cierto d铆a, el joven fue a trabajar lejos de la casa; y mientras estaba fuera, la ni帽a pudo salir, haciendo c贸mo que s贸lo iba por ah铆 cerca. Y se volvi贸 a los cielos.
El mozo llega a su casa. Pregunta por su mujer. No la encuentra. Y como ve que ella ha desaparecido, suelta el llanto.
Cuentan que vag贸 por los montes, llorando con locura, son谩mbulo, enajenado, caminando por todas partes. Y en una de las cimas solitarias a donde lleg贸 se encontr贸 con un C贸ndor divino. Entonces el C贸ndor le dijo:
—Joven, ¿por qu茅 causa lloras de esta suerte?
Y el mozo le cont贸 su vida.
—He aqu铆, se帽or, que era m铆a la mujer m谩s hermosa. Ahora no s茅 por qu茅 caminos ha partido. Estoy extraviado. Temo que haya huido a los cielos de donde vino.
Y cuando dijo esto, el C贸ndor respondi贸:
—No llores, joven. Es cierto; ella ha vuelto al alto cielo. Pero, si quisieras y es tanta tu desventura, yo te cargar茅 hasta ese mundo. S贸lo te pido que me traigas dos llamas. Una para devorarla aqu铆, la otra para el camino.
—Muy bien, se帽or —contest贸 el mozo—. Yo te traer茅 las dos llamas que me pides. Te ruego esperarme en este mismo sitio.
E inmediatamente se dirigi贸 a su casa en busca de las llamas. Luego que lleg贸, dijo a sus padres:
—Padre m铆o, madre m铆a: voy en busca de mi esposa. He encontrado a quien puede llevarme hasta el lugar donde ella se encuentra. S贸lo pide dos llamas en pago de tan gran favor: y voy a llev谩rselas ahora mismo.
Y carg贸 las dos llamas para el C贸ndor. El C贸ndor devor贸 inmediatamente una, hasta el hueso de los huesos, arrancando las carnes con su propio pico. A la otra la hizo degollar
con el joven, para comerla en el camino. E hizo que el mozo se echara la res degollada en las espaldas; luego le orden贸 que subiera sobre una roca; carg贸 al joven, y le hizo esta advertencia:
—Has de cerrar y apretar los p谩rpados; por ninguna causa abrir谩s los ojos. Y cada vez que yo te diga: “¡Carne!”, me pondr谩s en el pico un trozo de la llama.
Luego el Condor levant贸 el vuelo.
El hombre obedeci贸 y no abri贸 los ojos en ning煤n instante; ten铆a los p谩rpados cerrados y duros. “¡Carne!”, ped铆a el Mallku, y luego el mozo cortaba grandes trozos de llama y le met铆a en el pico. Pero en lo m谩s raudo del viaje, se acab贸 el fiambre. Antes de alzar el vuelo, el C贸ndor hab铆a advertido al joven: “Si cuando diga ¡Carne! no me pones carne en el pico, donde quiera que estemos, te soltar茅”. Ante ese temor, el mozo empez贸 a cortarse trozos de su pantorilla. Cada vez que el C贸ndor ped铆a carne, le serv铆a peque帽as raciones de su propia carne. As铆, a costa de su sangre, consigui贸 que el C贸ndor le hiciera llegar hasta el cielo. Y se cuenta que tardaron un a帽o en elevarse a tan gran altura.
Cuando llegaron, el C贸ndor descans贸 un rato; luego volvi贸 a cargar al joven y vol贸 hasta la orilla de un mar lejano. All铆 le dijo al mozo:
—Ahora, mi querido, b谩帽ate en este mar.
El joven se ba帽贸 en seguida. Y tambi茅n el C贸ndor se ba帽贸.
Ambos hab铆a llegado al cielo, sucios, negros de barba; viejos. Pero cuando salieron del ba帽o estaban hermosamente rejuvenecidos. Entonces le dijo el C贸ndor:
—En la otra orilla de este lago, frente a nosotros, hay un gran santuario. All铆 se ha de celebrar una ceremonia. Anda, y espera en la puerta de ese hermoso templo. A la ceremonia han de asistir las j贸venes del cielo; son una multitud, y todas tienen el mismo rostro que tu esposa. Cuando ellas est茅n desfilando junto a ti, no has de dirigirle la palabra a ninguna. Porque la que es tuya vendr谩 la 煤ltima, y te dar谩 un empuj贸n. Entonces la asir谩s y por ning煤n motivo la soltar谩s.
El joven obedeci贸 al C贸ndor. Lleg贸 a la puerta del gran recinto, y esper贸 de pie. Y lleg贸 una infinidad de j贸venes de id茅ntico rostro. Entraban, entraban; una tras de otra. Todas miraban impasibles al hombre. El no pod铆a reconocer entre tantas a la que era su mujer. Y cuando estaban ingresando las 煤ltimas, de pronto, una de ellas, le dio un empuj贸n con el brazo; y tambi茅n entr贸 al gran templo.
Era el resplandeciente templo del Sol y de la Luna. El Sol y la Luna, padre y madre de todas las estrellas y de todos los luceros. All铆, en ese templo, se reun铆an los seres celestiales,
all铆 iban los luceros para adorar al Sol, d铆a a d铆a. Cantaban melodiosamente para el Sol; cual j贸venes blancas, las estrellas; como innumerables princesas, los luceros.
Cuando termin贸 la ceremonia, las j贸venes empezaron a salir. El mozo segu铆a esperando en la puerta. Ellas volvieron a mirarle con igual indiferencia que antes. Y nuevamente le era imposible distinguir entre todas a la que era su esposa. Y como en la primera vez, de pronto, una de las princesas le dio un empuj贸n con el brazo, y luego pretendi贸 huir; pero 茅l entonces la pudo aprisionar. Y no la solt贸.
Ella lo gui贸 a su casa, dici茅ndole:
—¿A qu茅 has venido hasta aqu铆? Yo iba a volver donde ti, de todos modos.
Cuando llegaron a la casa, el mozo ten铆a el cuerpo fr铆o a causa del hambre. Vi茅ndolo as铆, ella le dijo:
—Toma este poco de quinua y coc铆nalo.
Le dio una cuchara escasa de quinua. Entretanto, el joven lo observaba todo, y vio de qu茅 lugar ella sacaba la quinua. Y cuando vio los pocos granos de quinua que ten铆a en las manos, dijo para s铆: “¡La miseria que me ha dado! ¿C贸mo es posible que esto aplaque mi hambre de todo un a帽o? Y la joven le dijo:
—Es necesario que vaya un instante donde mis padres. No debes mostrarte ante ellos. Mientras vuelvo, haz una sopa con la quinua que te he dado.
Apenas sali贸 ella, el joven se puso de pie, se dirigi贸 al dep贸sito y trajo una buena porci贸n de quinua y la ech贸 a la olla. De pronto, la sopa rebos贸, hirviente, y se desbord贸 a chorros. El comi贸 todo lo que pudo, se hart贸 hasta donde ya no era posible m谩s, y enterr贸 el resto. Pero aun de debajo de la tierra la quinua empez贸 a brotar. Y cuando estaba en ese trance, volvi贸 la princesa y le dijo:
— ¡No es de esta manera como se debe comer nuestra quinua! ¿Por qu茅 aumentaste la raci贸n que te dej茅?.
Y se dedic贸 a ayudar al mozo a esconder la quinua rebosada para que los padres de ella no lo descubrieran. Entretanto, le advirti贸:
—No deben verte mis padres. S贸lo puedo tenerte escondido. Y as铆 fue. El viv铆a escondido; y la hermosa estrella le llevaba alimentos hasta su refugio.
Durante un a帽o vivi贸 de esta suerte el mozo con su esposa. Y apenas cumplido el a帽o, ella se olvid贸 de llevarle alimentos. Un d铆a sali贸, dici茅ndole: “Ha llegado la hora en que debes irte”; y no volvi贸 a aparecer m谩s en la casa. Lo abandon贸.
Entonces, con el rostro lleno de l谩grimas, el joven se dirigi贸 nuevamente a la orilla del mar del cielo. Cuando lleg贸 all铆, vio que desde la lejan铆a surg铆a el C贸ndor. El joven corri贸 para darle alcance. El C贸ndor vol贸 hasta posarse junto a 茅l; y as铆 observ贸 que el Mallk煤 divino hab铆a envejecido. El C贸ndor, a su vez, vio que el mozo estaba avejentado y marchito. Cuando se encontraron, ambos gritaron al mismo tiempo:
—¿Qu茅 ha sido de ti?
El joven volvi贸 a contarle su vida, y se quej贸:
—As铆, Se帽or, de este modo triste, mi mujer me ha abandonado. Se ha ido para siempre.
El C贸ndor lament贸 la suerte del mozo.
—¿C贸mo es posible que haya procedido de este modo? ¡Pobre amigo! —le dijo. Y acerc谩ndose m谩s, lo acarici贸 con sus alas, dulcemente.
Como en el primer encuentro, le rog贸 el joven:
—Se帽or, pr茅stame tus alas. Vu茅lveme a la tierra, a la casa de mis padres. Y el C贸ndor le respondi贸:
—Bien. Te llevar茅. Pero antes nos ba帽aremos en este mar.
Y ambos se ba帽aron; y rejuvenecieron.
Y en saliendo del agua, el C贸ndor le dijo:
—Tendr谩s que volverme a dar dos llamas por mi trabajo de cargarte nuevamente. —Se帽or, cuando est茅 en mi casa te entregar茅 las dos llamas.
El C贸ndor acept贸; se ech贸 al joven sobre sus alas y emprendi贸 el vuelo. Durante un a帽o estuvieron volando hacia la tierra. Y cuando llegaron, el mozo cumpli贸, y entreg贸 al C贸ndor dos llamas.
El mozo entr贸 a su casa y encontr贸 a sus padres muy viejos, muy viejos, cubiertos de l谩grimas y de pena. El C贸ndor dijo a los ancianos:
—He aqu铆 que les devuelvo a vuestro hijo, sano y salvo. Ahora deb茅is criarlo cari帽osamente.
El joven dijo a sus padres:
—Padre m铆o, madre m铆a: ahora ya no es posible que pueda amar a ninguna otra mujer. Ya no es posible encontrar una mujer como la que fue m铆a. As铆, s贸lo, vivir茅, hasta que venga la muerte.
Y los ancianos le contestaron:
—Esta bien. Como t煤 quieras, hijo m铆o, s贸lo, te criaremos, si no es tu voluntad tomar otra esposa.
Y de este modo vivi贸, con una gran agon铆a en el coraz贸n.
He aqu铆 este coraz贸n que am贸 tanto a una mujer. He vagado sufriendo todos los dolores. Y he de entregarme ahora al llanto.